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Directamente, a menos que contenga cicuta, no. Pero si la fabricación de ese producto conlleva la destrucción de su hábitat, entonces estamos hablando de un problema real.

Se trata del animal con el que compartimos mayor parentesco, y lo podemos encontrar en Borneo (Indonesia) y Sumatra (Malasia). Un siglo atrás, la población total entre las dos islas superaba los 200.000 ejemplares. En la actualidad se cuentan con alrededor de 41.000 en Borneo y 7.500 en Sumatra. Perdiéndose entre un 10 y un 15% de su población cada año, según distintos informes de WWF.

Y no sólo los orangutanes se ven afectados, sino que los parques naturales de Sumatra también albergan otras 3 especies endémicas en peligro, como son el tigre de Sumatra, el rinoceronte y el elefante.

Y la culpa es nuestra, una vez más, con nuestro empeño en consumir aceite de palma (al igual que otros muchos recursos) de forma indiscriminada.
A saber, el aceite de palma proviene de plantaciones situadas en Malasia e Indonesia, principalmente. Nada más y nada menos, que casi el 90% del aceite que consumimos proviene de allí, de sus bosques tropicales. Más concretamente de la desaparición de éstos.

Las empresas madereras deforestan la zona, y luego siembran con monocultivos. En otras palabras, se pasa de bosque a aceite. Con el que se elaboran infinidad de productos que utilizamos en nuestro día a día, especialmente los fabricados por Unilever, P&G, Nestlé o Pepsico. No sólo se refiere a las palabras `palm oil´, sino que también hay que marcar en rojo: sodium lauryl sulfate o sodium laureth sulfate (generalmente en cosméticos y  productos de limpieza), palmitate o glyceryl stearate, entre muchos otros.

Lista de productos que contienen aceite de palma:

-Doritos (Pepsico)
-Crema de cacahuete (Unilever)
-Nutella (Ferrero)
-Champú Pantene (P&G)
-Crema corporal Garnier (L´OREAL)

Y esto sólo hace referencia a algunos productos que he encontrado en mi casa (y que no volveré a comprar).
Pero no sólo hay que sacar tarjeta roja al sector alimentario y cosmético, sino que los mal llamados biocombustibles* también cobran protagonismo en esta tragedia.

 

Desde otra perspectiva, puede entenderse como una forma de desarrollo local a corto plazo. Pero la realidad dista mucho de un desarrollo real de las zonas rurales de ambas islas, ya que las grandes corporaciones son las que se llevan las ganancias finalmente. Los locales pierden parte de su entorno por escasos beneficios. Una vez más la eterna dicotomía, desarrollo económico o protección de la naturaleza.

 

Pero hay personas que ya se dieron cuenta de este problema hace tiempo y mantienen una lucha activa desde entonces. El biólogo indonesio Rudi Putra ha sido galardonado recientemente con el Goldman Environmental Prize, merecido por su batalla en el desmantelamiento de plantaciones ilegales de palma y la restauración de las zonas arrasadas, favoreciendo su uso como corredores biológicos. 

Otra cara visible en esta guerra es el joven activista australiano Thomas King, quien creó la iniciativa SayNoToPalmOil con tan sólo 13 años.


¿Y qué podemos hacer nosotros?

Primero comprender la primera ley de la ecología: nuestros actos no son hechos aislados, sino que siempre tienen consecuencias en nuestro entorno. El segundo paso es desterrar de nuestra despensa productos que contengan aceite de palma, probablemente la peor parte. A veces, tratar de ser empático con el medio puede ser una ardua tarea, pero la recompensa merece la pena. Hay alternativas, desde no consumirlo hasta adquirir víveres que sólo tengan aceite procedente de cultivos sostenibles con la certificación Roundtable on Sustainable Palm Oil (RSPO). Aunque esta certificación puede ser simplemente un greenwashing, ya que las multinacionales más importantes están implicadas en su creación.

 

Se espera que en 2050 necesitaremos 240 millones de toneladas de aceite de palma para cubrir nuestras necesidades. Crucemos los dedos.

 

 

Vídeo sobre productos elaborados con aceite de palma. 

 

 

 

*Los mal llamados biocombustibles, son en realidad agrocombustibles. Los primeros se obtienen a partir de biomasa de segunda generación sólo óptima para la producción de energía, mientras los segundos emplean cultivos que sirven de alimento.

 

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