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Áreas Protegidas: ¿Solución o Problema?

 

¿Qué es un área protegida?

 

Las áreas protegidas son la principal herramienta de conservación utilizada en la mayoría de países del mundo. Estas áreas contienen algunos de los paisajes más increíbles, los lugares con mayor biodiversidad y nos proveen con servicios vitales para nuestra supervivencia y bienestar.

El objetivo establecido por el Plan Estratégico de la Biodiversidad y las Metas Aichi para el 2020 se basa en designar el 17% de las tierras y aguas interiores, y el 10% de las zonas marinas y costeras mundiales como áreas protegidas. Aun logrando estos objetivos, expertos prevén que se necesitaría proteger el doble del área que actualmente cubren las áreas protegidas para reducir la pérdida de biodiversidad hasta niveles aceptables. Además, estos últimos argumentan que es irrealista y poco útil proteger el medio ambiente a través de la preservación de “islas de naturaleza”, las cuales suelen encontrarse rodeadas de inmensas áreas urbanas e industriales.

Entonces, ¿por qué las áreas protegidas siguen siendo la principal herramienta de conservación? ¿Qué otras estrategias ayudarían a cumplir con estos objetivos de conservación, considerando la creciente presión de una población estimada en más de 9 billones para 2050?

 

 

Romanticismo y naturaleza: el origen de las áreas protegidas

 

Las primeras áreas protegidas, como El Parque Nacional de Yellowstone (1872, EE.UU), fueron creadas entre otras razones para representar la emblemática relación entre el ser humano y la naturaleza. Una relación que empezó a quebrarse debido al éxodo rural, que tuvo lugar durante las Revoluciones Industriales entre los siglos XVIII - XX y que llevó a gran parte de la población rural a emigrar a grandes ciudades en busca de nuevas oportunidades. Este alejamiento del entorno rural incrementó nuestra idealización por la naturaleza. Es por ello que la creciente población urbana, cada vez más aislada de las áreas rurales, vio en las áreas protegidas un pequeño consuelo ante la creciente artificialización y urbanización del paisaje.

El origen de nuestra idealización por la naturaleza pudo estar en los artistas y filósofos románticos de los siglos XVIII y XIX. Estos conectaron el romanticismo y naturaleza, glorificando la belleza de ésta última casi de un modo religioso. Comparaban nuestro creciente aislamiento del mundo natural con el mito del Jardín del Edén, de donde Adán y Eva fueron expulsados, o el Jardín de las Hespérides de la mitología griega. Esta actitud romántica hacia la naturaleza nutrió el movimiento conservacionista durante los siglos XIX y XX, una corriente que asignaba toda debilidad al ser humano y las fortalezas a la naturaleza. Como respuesta surgió el culturalismo, movimiento que consideraba el medio ambiente como una enfermedad para el ser humano y su cultura, algo que debía ser dominado, controlado y erradicado a toda costa.

De este modo, las áreas protegidas se convirtieron en la principal herramienta y símbolo de la conservación mundial. Un símbolo que, a pesar de mantenerse vivo hoy en día, no garantiza el éxito en términos de conservación del medio ambiente.

 


Áreas protegidas: ¿una estrategia de conservación caduca?

 

Utilizar las áreas protegidas como principal herramienta de conservación puede ser una estrategia poco práctica e irrealista. En primer lugar, carece de sentido intentar aislar al ser humano de su entorno natural, teniendo en cuenta la dificultad para evitar que la creciente población humana no afecte negativamente al medio ambiente. Así mismo, no todos los impactos antropogénicos han sido siempre negativos. Por ejemplo, varios de los ecosistemas actuales, como algunos bosques entre otros muchos, han tomado forma gracias a nuestra intervención en el pasado. Con esto no se pretenden justificar nuestros impactos en el medio, ni mucho menos, pero ayuda a analizar los hechos con una mayor perspectiva.

Científicos y expertos argumentan que aquellas estrategias de conservación basadas únicamente en incrementar las áreas protegidas no bastarán para lograr una gestión sostenible del medio ambiente. Entonces, ¿qué podemos hacer al respecto? Recientemente se habla de combinar estrategias de conservación tradicionales y de visión más idealista (áreas protegidas) con estrategias más recientes de visión más práctica e instrumental. Estas últimas se centran en transformar los paisajes dicotómicos formados únicamente por áreas protegidas y áreas desarrolladas por otros más equilibrados, multifuncionales y holísticos. Para ello, se debe aumentar el valor económico y social del medio ambiente en general, considerándolo proveedor de beneficios económicos directos para nuestro bienestar social. Esto ayudaría a que la conservación del medio ambiente no fuese considerada como un obstáculo para el desarrollo, tal y como ocurre hoy en día, sino como un área con gran potencial para contribuir a un desarrollo económico más sostenible.

 

La Evaluación de los Ecosistemas del Milenio, llevada a cabo por las Naciones Unidas, justifica a través de datos y estadísticas contrastadas que nuestro futuro depende de que la protección del medio ambiente sea considerada como una manera efectiva y eficiente para abordar retos globales, tales como el agotamiento de agua dulce o la seguridad alimentaria. De hecho, el medio ambiente nos proporciona beneficios y nos ahorra billones de Euros al año gracias a servicios “ocultos” no considerados por nuestra economía, tales como la regulación de inundaciones y del clima que realizan los bosques o el servicio de polinización de cultivos realizado por las abejas. Valorando en mayor medida estos y otros servicios que nos proveen los ecosistemas (conocidos como servicios ecosistémicos) ayudaría a sustituir los paisajes formados únicamente por zonas desarrolladas y protegidas -que proveen un número limitado de servicios- a áreas multifuncionales gestionadas para proveer diversos servicios al mismo tiempo. A consecuencia de esto, los gobiernos verían la gestión sostenible de múltiples servicios como una gran oportunidad económica y social para sus programas económicos. Una economía que incluya este último enfoque, en combinación con estrategias de conservación basadas en incrementar las áreas protegidas, nos ayudaría a crear ecosistemas más resilientes y a gestionar la naturaleza de manera más sostenible, mejorando así nuestro bienestar social a medio-largo plazo.

 

 

 

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